Azúcar y alimentación cotidiana
El azúcar suele señalarse como responsable directo de la inflamación, pero la relación es más compleja. Comer ocasionalmente un postre o algún alimento dulce no provoca automáticamente inflamación crónica. El patrón general de alimentación y los hábitos mantenidos durante mucho tiempo tienen mayor relevancia.
Kristen Wright, dietista del Hospital Houston Methodist, explica que los alimentos y bebidas con grandes cantidades de azúcares añadidos pueden facilitar un consumo excesivo de energía. Esto ocurre especialmente cuando ofrecen poca fibra o proteína y producen menor sensación de saciedad.
Cuando una persona consume habitualmente más energía de la que necesita, el organismo puede almacenarla como grasa. La acumulación de grasa visceral alrededor de órganos internos tiene especial importancia porque puede liberar sustancias relacionadas con una inflamación persistente de bajo grado.
La resistencia a la insulina también puede intervenir. Cuando las células responden peor a esta hormona, el organismo necesita producir más insulina para controlar la glucosa. Con el tiempo, estas alteraciones metabólicas pueden relacionarse entre sí y favorecer un ambiente inflamatorio.
Sin embargo, las investigaciones disponibles no permiten afirmar que cualquier cantidad de azúcar provoque directamente inflamación crónica. El contexto completo de la alimentación sigue siendo fundamental.
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Una fruta contiene azúcares naturales, pero también aporta fibra, vitaminas, minerales y otros compuestos. La fibra ayuda a ralentizar la digestión y contribuye a una mayor sensación de saciedad.
Los productos con grandes cantidades de azúcares añadidos pueden ofrecer un perfil diferente. Refrescos, bebidas endulzadas, dulces y determinados productos ultraprocesados pueden facilitar un consumo elevado de azúcar y calorías; Incluso la miel, el agave y otros jarabes cuentan como azúcares añadidos cuando se utilizan para endulzar alimentos.
Reducir su consumo tampoco exige eliminar completamente los alimentos dulces. Revisar las etiquetas, beber agua con mayor frecuencia y priorizar frutas enteras, verduras, legumbres, cereales integrales, semillas y frutos secos puede ayudar a mejorar la calidad general de la alimentación.
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