El cuerpo humano funciona como una red interconectada donde lo que sucede en el intestino puede afectar al hígado y viceversa. En España y otros países, un estudio internacional ha identificado que cuando se combina el consumo de alcohol con una alimentación poco saludable este enlace corporal conocido como eje intestino-hígado se altera de forma negativa, acelerando el daño hepático.
Al observar cómo responden modelos experimentales a una dieta rica en grasas y alcohol, se ha visto que hay más que una suma de riesgos. Alcohol y mala nutrición se potencian mutuamente. La grasa y las calorías sin valor nutricional del alcohol alteran la microbiota y la barrera intestinal. Esto facilita que el intestino deje pasar sustancias que desencadenan inflamación en el hígado.
¿Qué es el daño hepático y por qué importa?
El hígado procesa casi todo lo que comemos o bebemos. Cuando la dieta es desequilibrada y hay consumo de alcohol, este órgano recibe más trabajo del que puede manejar y empieza a acumular grasa y a inflamarse. El daño hepático hace referencia a esta progresión desde hígado graso hasta etapas más graves como fibrosis o inflamación crónica.
Además, la mala alimentación puede significar no consumir suficientes vitaminas, minerales o proteínas, dejando al cuerpo sin herramientas para reparar tejidos o enfrentar toxinas. El alcohol puede empeorar esto al alterar la absorción y la utilización de nutrientes esenciales.
Del mismo modo que una dieta variada y nutritiva apoya la salud general, el equilibrio de la microbiota intestinal las bacterias buenas que viven en el intestino ayuda a mantener un intestino menos permeable y reduce la carga inflamatoria hacia el hígado.