La obesidad sigue creciendo como uno de los principales retos de salud pública y suele atribuirse, casi de forma automática, a la falta de ejercicio. Sin embargo, nuevos datos internacionales muestran que el origen del problema está más relacionado con lo que se come a diario que con el nivel de actividad física, un punto clave para replantear hábitos al inicio del año.
Información recopilada en la base de datos del Organismo Internacional de Energía Atómica, OIEA, analiza de manera comparativa la ingesta energética y el gasto calórico en distintas poblaciones. Los resultados indican que, incluso en grupos con niveles similares de actividad física, las diferencias en peso corporal se asocian principalmente con la cantidad y calidad de los alimentos consumidos.
La dieta como factor central del aumento de peso
El análisis del OIEA muestra que el consumo elevado de calorías, especialmente a partir de alimentos ultraprocesados y con alta densidad energética, se relaciona de forma directa con una mayor prevalencia de obesidad. Esto ocurre aun en personas que realizan actividad física regular, lo que refuerza la idea de que el ejercicio por sí solo no compensa una alimentación desequilibrada.
Estos datos no restan valor al movimiento diario, sino que ponen el foco en la necesidad de priorizar alimentos frescos, preparaciones sencillas y un mejor control de porciones. Ajustar la dieta resulta determinante para prevenir el aumento de peso y reducir riesgos asociados.
Ejercicio y alimentación como estrategia conjunta
La actividad física sigue siendo esencial para la salud cardiovascular, la fuerza muscular y el bienestar mental. No obstante, cuando el objetivo es prevenir o controlar la obesidad, la evidencia sugiere que mejorar la alimentación tiene un impacto más directo sobre el peso corporal.
Lee también: Una alternativa nutritiva a la clásica tostada de aguacate. Integrar una dieta equilibrada con movimiento regular permite resultados más sostenibles que centrar los esfuerzos solo en quemar calorías.
Los datos más recientes analizados por el OIEA señalan que las estrategias de salud pública enfocadas en mejorar la calidad de la dieta pueden tener un efecto más amplio en la reducción de la obesidad que aquellas centradas únicamente en aumentar la actividad física.