Cuatro de cada diez adultos en Estados Unidos recurren de manera constante a motores digitales para consultar temas de salud, de acuerdo con Pew Research Center. Esta tendencia ha impulsado el uso de inteligencia artificial en la búsqueda de dietas y planes alimenticios, lo que genera un terreno fértil de dudas sobre exactitud y responsabilidad.
Los modelos conversacionales ofrecen respuestas rápidas, pero no consideran condiciones clínicas específicas. Una sugerencia equivocada en casos de alergias, deficiencias vitamínicas o consumo de fármacos puede derivar en consecuencias graves. Las guías de organismos como la Organización Mundial de la Salud establecen lineamientos claros que no siempre son integrados en los algoritmos.
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Profesionales como filtro indispensable
La demanda de planes personalizados crece de forma acelerada, y las herramientas digitales ganan popularidad en ese terreno. No obstante, nutriólogos y médicos advierten que la tecnología debe funcionar como complemento. El riesgo se amplifica cuando las recomendaciones se presentan como definitivas y sin contexto clínico. La educación alimentaria puede beneficiarse del acceso a información digital, siempre que exista la guía de un especialista.
Perspectiva regulatoria en discusión
En distintas regiones se analiza la creación de marcos legales que obliguen a diferenciar entre información educativa y prescripción médica. Este debate incorpora aspectos éticos sobre la procedencia de los datos y la actualización de la evidencia científica utilizada en las plataformas. El objetivo es garantizar seguridad al usuario y reducir la posibilidad de desinformación.
Datos de la Asociación Americana de Nutrición muestran que solo el 19 por ciento de las aplicaciones de dieta revisadas cumple con estándares científicos básicos, lo que refuerza la necesidad de mayor regulación y supervisión profesional.