Cuando se trata de cuidar el corazón en México, donde las enfermedades cardiovasculares siguen siendo una de las principales causas de muerte, la elección del aceite para cocinar no es un detalle menor. Entre los favoritos en las cocinas mexicanas están el aceite de oliva y el aceite de coco. Ambos tienen fama de ser “saludables”, pero ¿realmente lo son en igual medida?
El aceite de oliva, especialmente el extra virgen, es una joya nutricional. Contiene principalmente grasas monoinsaturadas que ayudan a reducir el colesterol LDL (el llamado “malo”) sin afectar el colesterol HDL (“bueno”). Además, es rico en antioxidantes como la vitamina E y los polifenoles, que protegen las arterias del daño oxidativo. Estudios recientes han demostrado que incluir aceite de oliva en la dieta habitual puede disminuir el riesgo de enfermedades del corazón hasta en un 30%.
Aceite de coco: natural, pero no tan inocente
Por otro lado, el aceite de coco, aunque es un producto natural y muy popular por su sabor y versatilidad, tiene un perfil graso diferente. Más del 80% de su composición son grasas saturadas, las cuales pueden aumentar el colesterol total y el LDL. A pesar de su auge en redes sociales y dietas modernas, la evidencia científica sigue siendo limitada respecto a beneficios cardiovasculares claros. De hecho, diversas organizaciones de salud aún recomiendan moderar su consumo.
Incluir aceite de oliva como fuente principal de grasa en la alimentación diaria es una decisión inteligente. Según datos del Instituto Nacional de Salud Pública de México en agosto de 2025, menos del 20% de los hogares lo utilizan con regularidad, lo que abre la puerta a una mejora sencilla pero poderosa en la salud del corazón.
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