La miel es uno de esos alimentos que parecen desafiar el paso del tiempo. En Uruguay, donde su consumo ha crecido en hogares y ferias locales, muchas personas se sorprenden al descubrir que un frasco olvidado en la alacena puede seguir siendo seguro, incluso después de años. ¿La razón? Su composición única la convierte en un conservante natural.
La clave está en su baja humedad y su alta concentración de azúcares. Este entorno es tan hostil para bacterias y hongos que simplemente no pueden sobrevivir. Además, contiene peróxido de hidrógeno en pequeñas cantidades, una sustancia con efectos antimicrobianos. Por eso, aunque cristalice o cambie de color, la miel no se echa a perder.
¿Cómo saber si la miel aún es comestible?
Es común que, con el tiempo, la miel se cristalice. Este proceso es natural y no significa que esté vencida. Basta con colocar el frasco a baño maría para devolverle su textura líquida. Tampoco es necesario refrigerarla: a temperatura ambiente y bien cerrada, puede durar años sin alterar su seguridad.
Por otro lado, la cristalización puede ser señal de buena calidad, ya que las mieles puras tienden a solidificarse más rápido que las mezcladas con jarabes. Así, un frasco espeso y opaco podría ser sinónimo de un producto artesanal y sin aditivos.
Además de su sabor dulce y versatilidad en la cocina, la miel ofrece antioxidantes, enzimas y minerales. Sin embargo, debe evitarse en niños menores de un año por el riesgo de botulismo, una enfermedad rara pero grave.